No me mires con esa cara de voy a dartelo todo. Si es mentira.

La Eurídice de alguien

Véase El mito de Orfeo y Eurídice

¿Y ahora qué?.
Ya nadie se acuerda de mí, ni siquiera él, ya no oigo su triste canción al otro lado, no oigo su llanto, ni su suave y torturado tono de voz pronunciando mi nombre, en este maldito lugar solo resuena mi lamento y el reptar de ese bicho del demonio que tuvo la culpa de todo.
Está en mi cabeza todo el tiempo, recordandome el día en el que su lengua provocó mi infierno...
¿Y aquél que tanto me amó?, ¿dónde se encuentra ahora?, ¿Acaso se olvidó de mi?, ¿Acaso vuelve a ser feliz?...
Solo queda retorcerse en este lado, en esta oscuridad que asusta, en esta ansiedad perpetúa, en esta maldición constante que hace envejecer mi mente día a día, sin posibilidad de huir. La única oportunidad pasó fugaz ante mis ojos azules ahora negros y brillantes por las lágrimas.
-Eurídice, -me dijo envuelto en llamas-, tus recuerdos del pasado ahora me pertenecen, tú me perteneces, para siempre. Y ese para siempre tatuado a fuego en mi corazón ya marchito e inservible es todo lo que sé, por lo menos todo lo que sé con certeza...
Lo que algún día fui se desvaneció y permanece en alguna que otra melodia triste que no recuerdo...



Me quedé con el frió metido en el cuerpo, Que ya no esta tu piel para darme cobijo, ni tus sabanas de franela para acogerme debajo. Mientras te oigo dar esa última calada que nunca era la última. Y escondo la cara bajo mi brazo, asomando solo un ojo, para ver si apareces de repente aunque solo sea un rato o un sueño y me satisfaces... pero eso no sucede, me temo, y me acojo a el derecho de echarte de menos.